A Víctor Bidó
Vienes dentro como una romería,
Y silencio.
Tú no has sabido llamarte nunca
Y frotas en tus negras manos
El suave fulgor de una pregunta inacabable.
Nada es sinrazón la viviente sombra de tu existencia,
Asoma el tiempo dormido y esperas parirme
Irremediablemente en la sangre.
Una grieta se abre entre tus ojos y los míos,
Lejanía que asoma tras el agua.
Yo te sigo, te persigo ciega con la vela en la mano,
Un ocluir de absurdas cosas en la garganta,
Eres la inmovilidad viviente de una foto y carne de un pasado.
La penumbra de tus ojos, ahora vela en la noche,
Agita el remordimiento y el grito en soledad,
Ahora me dueles en el verbo,
Ahora conozco tu frágil hueso
Y te has convertido en luz
Y la ciudad ha visto tu sombra vagar
alucinando tras los pájaros nocturnos
Y tú dormido, sin sospechar la que vigila.
Cuánto ha de viajar el lápiz húmedo hacia la boca amanecida…
Yo arrimo tus desairadas manos bajo la piel que llevo
Tu muda presencia, abstraída en un sol calcitrante,
Y me aposentas como las correrías de los pasos en la guerra.
El sonido que cae nunca es tan incierto como el
Polvo que queda.
Has vivido para contarme historias de la vieja,
Devastación en las escalinatas de la plaza.
Hay manos que ya no te cobijan,
La muerte besó tu espalda… y sonrío
Voy a tragarte para hacerte perenne.
Presente en cada ceniza que despoja el viento de tus dedos,
Un acecho constante a la herida del papel.
Hacia atrás, la niña silenciosa al lado del que pinta
Sobre las telas,
Pantomimas en las tardes que recuerdan árboles sin hojas.
Te miro, como los que se miran por dentro,
No hay un espacio virgen que corrija la
Levedad que cubre dibujos y habla en papel.
Falta hacer, arañar,
Tus tintas cuajadas
Al abismo.
(El aleteo del pájaro ha llegado hasta aquí…)
Maria Antonia Segarra